El universo ilustrado de Holalola

Entrevista por Arturo Pardo. Fotos de José Díaz. Mayo 2026.

Un universo entero se está ilustrando desde la perspectiva de Priscilla Aguirre. Empezó a construirlo a partir de un par de imágenes que se convirtieron en sus clásicos: un taxi en la capital de Costa Rica y otra escena que decía “Llueve mucho en San José”. 

A ese mundo en construcción permanente le ha sumado imágenes de cataratas, alimentos criollos y de animales que le resultan familiares y cálidos a la fauna costarricense. 

Su nombre de pila quizá es menos conocido que el nombre artístico que refleja su mirada: Holalola. Ella dice que no son la misma, que Priscilla es una y Holalola es otra; una faceta. Muy pocas veces ella y su extensión artística son la misma, dice.

Ella ya sobrepasa las cinco décadas, mientras que su marca tiene 13 años de existencia. Cuando se refiere a su arte y a su trabajo, habla en primera persona plural. Incluye así a Walter Calienno, su pareja desde 1998, quien fue vital desde el inicio de la marca y a veces es el primero en crear algunas imágenes, para que luego ella las redibuje y se conviertan en piezas que venden en su tienda. 

El local, acogedor, policromático y cargado de escenas pictóricas, está ubicado en barrio Escalante. En él, está a la venta ese universo de ilustraciones inspiradas, principalmente, por la identidad costarricense. Hay libretas, paños, posavasos, calendarios y más; mucho más. Abundan los pósters: hay cuadrados, rectangulares grandes y pequeños, pero siempre vistosos, coloridos, cargados de vida y de nostalgia. Están repletos de naturaleza, de ganas de pasear y de deseos de regresar al lugar ya conocido. 

Es un universo entrañable de escenas con las que es fácil conectar. Atrapan a cualquier costarricense, pero también a quien quiera llevarse en su maleta parte de esa identidad tica que a veces no se explica tan bien en palabras, pero que se refleja mejor en un póster.

Desde esta tienda de un proyecto en el que trabajan ocho personas, Priscilla conversó sobre lo que hay detrás de Holalola.

¿Qué es lo mejor de poder comunicarse a través de la creatividad?

Siento que tengo el trabajo más bonito del mundo. Cuando yo tenía unos ocho años, decía que, de grande, quería poner una marca de tarjetas. Eso se me olvidó durante mucho tiempo y, cuando empecé con Holalola, ese recuerdo volvió. De pequeña, seguramente estaba pensando en algo como Hallmark como referencia, porque mi idea de nombre era algo muy gringo: International Greeting Cards.

Creamos el estudio de diseño gráfico Lacabeza y ahí pude explorar diferentes formas de expresarme y explorar materiales y el mundo digital. Al pasar a Holalola, tuve que aprender a diseñar de otra manera.

Empecé haciendo ilustraciones, pero eso no me hacía ilustradora. En Holalola he aprendido el arte de la ilustración, pero siempre sigo aprendiendo. La posibilidad de expresarme a través del arte me ha hecho crecer mucho.

¿Cómo definiría el propósito de Holalola? 

En otro momento de mi vida, cuando estaba en La Cabeza, estaba pasando por muchas cosas a nivel personal y eso hacía que lo que yo hiciera tuviera mucho que ver con mi mundo interior y lo que reflejaba; me ponía más triste de lo que yo ya estaba. Ese reflejo era como una manía mía por tratar de revivir ciertas cosas, haciéndolas más grandes de lo que era sano. Pintar como lo estaba haciendo me hacía daño; no me hacía bien. 

Con Holalola decidí cambiar mi mirada; dejé de ver las cosas que estaban adentro de mí y, más bien, me enfoqué en lo que vieran mis ojos. Holalola empezó con una libreta de ilustraciones que titulé El libro de ver para afuera. Ahí pinté a mis perras, las sillas, cosas de mi casa y un montón de zapatos. Empecé a ver el mundo de manera menos egoísta. Siento que ahí fue donde cambié cómo quería seguir trabajando. Empezar Holalola fue como abrir una ventana para que entrara luz y color y pudiera encontrar una parte de mí que estaba feliz y quería poder ofrecer esa felicidad hacia afuera 

Creo que Holalola no hace tantas preguntas, como sí las plantean muchos artistas. Holalola, en cambio, se dedica a mostrar.

¿Qué le provoca, internamente, lo que hace ahora?

Lo que hago ahora es mucho más luminoso que lo que solía hacer antes y me ha vuelto más observadora.

Me gusta observar la gente y los lugares. Vamos con mi familia o solo Walter y yo y visitamos varias veces a un mismo lugar, por ejemplo

Rincón de la Vieja, y me pongo a observar la gente en las aguas termales y me imagino cómo podría dibujarlo, observo mucho y me fijo en qué está haciendo cada persona en una poza o fuera de ella. Lo apunto, tomo fotos…

¿Cuál es el lugar que más le gusta haber recreado o ‘traducido’ en sus piezas?

Estoy enamorada de las escenas del Caribe. Si las vuelvo a ver, siempre me gusta cómo las hice, con  las casitas y toda esa exploración del lugar. Tal vez porque fueron las primeras piezas que hice y las primeras siempre tienen un lugar especial en el corazón.

De Costa Rica siento que tengo muchas cosas y lugares para explorar. El otro día fuimos a Santa María de Dota, y ir ahí es como encontrarse con un mercado gourmet… Estando ahí, le dije a Walter que quería empezar a ilustrar el lugar, comenzando por la comida. Hice bocetos llenos de las cositas que compramos: quesos de cabra, vino de jocote… como una despensa de cosas ricas.

Todavía nos faltan un montón de lugares por conocer pero hay lugares que uno puede seguir explorando una y otra vez hasta sacarles la esencia.

¿Costa Rica es un lugar finito o infinito como inspiración para hacer arte?

Es un lugar infinito… hay tantas cosas de las que uno puede hablar y no se acaban. En lo que sí es finito es en dónde se puede distribuir lo que uno hace.

Llega un momento en donde el país se vuelve tan pequeño que tengo que sacar 50 copias de algo en lugar de 2000… ahí está lo difícil; es donde se nota lo finito. No todas las personas van a comprarme algo, entonces sé que no puedo hacer tanto y es donde refuerzo la idea de que tengo que salir, y pienso en exportar. Además de disfrutar del color y la inspiración costarricense, debo aprovechar mi mirada de viajera, de cuando recorro otros lugares más allá de Costa Rica. Me gusta viajar porque me gusta la cultura, la gastronomía, pero también pensando en hacer materiales de otros lugares y tener otros públicos para otro tipo de productos que tal vez aquí no puedo hacer.

¿Cómo está ese plan de ilustrar más de otros países o lugares?

Es un proyecto como tal. Creo que el detalle está en la mirada desde la que se dibuje. Cada artista tiene una mirada y la de Holalola la carectariza la alegría. Creo en hacerlo desde una mirada alegre y respetuosa, que es como mirar desde afuera… si ilustro algo de México, nunca voy a poder ver cómo miran los mexicanos, sino como yo una tica los veo a ellos y su cultura y como yo vivo viajar por su país. Es otra mirada distinta. No me sé sus dichos ni me sé su manera de ser, pero puedo reflejar cómo los siento yo desde afuera.

¿En algún momento se ha quedado sin inspiración? 

Un montón de veces. Es algo que me da ataques de ansiedad y me ha pasado desde que estaba jovencita en Bellas Artes. Me acuerdo de una vez en (el restaurante) Omar Khayyam donde les decía a unos amigos que yo sentía que no iba a poder pintar nunca nada más, y para ese momento solo había hecho tres cuadros en mi vida.

Hay momentos en los que uno se asusta un montón… supongo que eso es parte del proceso. Muchas veces es uno mismo quien se limita. En Holalola a veces yo misma me limito con la temática y me frustro… Ahí es donde siento que me asfixio en cuanto a creatividad, entonces hago ejercicios de pintar cualquier cosa y me relaja. O lo que hago es buscar la creatividad en el negocio: cómo lo hago crecer, dónde más podemos estar, cómo podemos salir del país, cómo podemos hacer cada trabajo más lindo, cómo ofrecer una mejor experiencia de cliente. Esa es una parte de la creatividad, que me ayuda a enfocarme en algo más cuando no estoy tan “pictórica”.

El material de Holalola es muy deseado por turistas o ticos en el extranjero, ¿qué significa saber que hay piezas suyas en casas alrededor del mundo?

Me provoca curiosidad y me hace sentir bien. Tal vez el tico nunca se había visto reflejado de una manera tan colorida ni tan poética y lo encuentra en Holalola. Supongo que provoca cierta nostalgia en las personas.

Es una forma de rescatar lugares, personajes, cosas de nuestra cotidianidad y ponerlos de una manera con más color. Lo que hace Holalola trata sobre cómo vivimos en el día a día o de qué comemos adonde paseamos. Verse ahí lo agradece mucho la gente.

¿Por qué la gente resuena con su trabajo?

Supongo que es como un espejo. Hay un gozo que se siente al verse reflejado en algo alegre. Si uno está triste y se mete en esta tienda, va a salir un poco más feliz. Cuando empezamos, yo sentía que Holaola y yo éramos la misma cosa. Cuando la gente me hablaba de Holalola, me sentía vulnerable, sentía que me preguntaban cosas personales. Pero en un FIA (Festival Internacional de las Artes) gigante, fue donde sentí que me habían dividido, y yo era Priscilla y Holaola era como un ente que iba de mi mano. Yo me imagino que Holalola es como una gata que se va creciendo, mientras nosotros caminamos a su lado guiándola, y cada vez aprendiendo con ella un montón de cosas.